ELENTIERRO DE DOÑA MATILDE
—¿Sientes que se nueve? —dijo Enrique a su compañero del lado derecho cuando cargaba el ataúd de doña Matilde que había amanecido muerta el día anterior. Nadie le hizo caso, se limitaron a pegar la oreja a la madera y a asentir con la cabeza, mientras cedían su lugar a otro improvisado cargador. Esta historia había empezado cuando doña Matilde se despidió de este mundo a regañadientes porque en medio del velorio, ayer en la noche ya, mientras se esperaba que trajeran el ataúd con el que se vestiría por última vez, se sentó en su cama donde se le había acomodado con sábanas limpias y su mejor ropa, con el vestido que estaba guardando para asistir al matrimonio de su nieta. Se destrabó los dedos de las manos que se las habían cruzado en el pecho. Las apoyó en los bordes de la cama y se sentó, arrancándole un chirrido a la cama de madera. Segundos después se dejó caer a su posición de muerta. Unos niños curiosos que se habían colado al dormitorio dieron la voz de alarm...