ELENTIERRO DE DOÑA MATILDE

 —¿Sientes que se nueve? —dijo Enrique a su compañero del lado derecho cuando cargaba  el ataúd de doña Matilde que había amanecido muerta el día anterior.

Nadie le hizo caso, se limitaron a pegar la oreja a la madera y a asentir con la cabeza, mientras cedían su lugar a otro improvisado cargador. Esta historia había empezado cuando doña Matilde se despidió de este mundo a regañadientes porque en medio del velorio, ayer en la noche ya, mientras se esperaba que trajeran el ataúd con el que se vestiría por última vez, se sentó en su cama donde se le había acomodado con sábanas limpias y su mejor ropa, con el vestido que estaba guardando para asistir al matrimonio de su nieta. Se destrabó los dedos de las manos que se las habían cruzado en el pecho. Las apoyó en los bordes de la cama y se sentó, arrancándole un chirrido a la cama de madera. Segundos después se dejó caer a su posición de muerta. Unos niños curiosos que se habían colado al dormitorio dieron la voz de alarma. La difunta se había sentado en su cama, dijeron. Doña Tomasa, que era la única que estaba como adulta en la habitación decía lo mismo y, además, lo corroboraba el hecho de que sus manos ya no tengan los dedos entrelazados.

Mandaron por un médico a la posta medica de Cañaveral, que era el único lugar donde podían encontrar uno del Servicio Civil de Graduandos, pero por mala suerte, este había viajado a la ciudad de Tumbes a traer la remesa de unos medicamentos que faltaban. Les dijeron que regresaba al medio día en una camioneta del Ministerio. Los propios esperaron. Cuando llegó, en la misma movilidad se apersonó hasta la casa de doña Matilde. La examinó, la auscultó, le tomó el pulso, le puso un espejo en la nariz, estaba muerta, aunque le extrañó que no presente rigor mortis, que no esté rígida, tiesa, pero de estar muerta estaba totalmente muerta, así se los dijo a los familiares. La camioneta del Ministerio lo llevaría de nuevo a la posta en su viaje de regreso, previo almuerzo de seco de cabrito; y un vaso de chicha de jora, que la difunta había preparado antes de morirse.

No se sabe si fue para tenerla más vigilada, la difunta fue sacada a la sala de la casa, en una mesa larga, con una sábana nueva con olor a naftalina la acostaron bien vestida y adornada con sus aretes de plástico que le regalaron para el día de la madre, se veía bonita, mejor que cuando vivía, decían los vecinos.

Y ahora sí, con muchos testigos y curiosos desesperados por observar algo para contar, sucedió de nuevo, la doña se intentó sentar, pero no pudo porque a alguien se le ocurrió atarle las manos y nadie se hizo responsable. Tampoco se dieron cuenta porque el amarrador, sobre las manos le había puesto una mantilla y sobre ella un rosario y una biblia, la mayoría sospechó de la hija que no quería que la gente se riera de su madre. Los asistentes exigieron que se le desamarre y que se traiga otra vez al médico de la posta.

El joven galeno la volvió a revisar de todas las formas posibles y determinó que estaba más muerta que su abuelo Toribio que ya llevaba diez años enterrado en el hospital San Teodoro de Piura, dijo. Aunque para él era extraño, la poca rigidez del cadáver, pero respiró tranquilo porque ya estaba aumentando. Los deudos, y a estas alturas todo el pueblo quería saber por qué se movía, el médico dijo que era parte de la descomposición, ya que en esta se producían una serie de gases que inflaban los órganos interiores, ocasionando movimientos, pero estaba muerta, así que la podían enterrar tranquilos y que ya no era necesario que lo vayan a buscar. Los presentes respiraron aliviados, porque los divulgadores de maleficios decían que era una señal de los males que caerían sobre el pueblo.

Los pocos acompañantes que se quedaron en la madrugada contando chistes y bebiendo aguardiente, contaron que por tercera vez doña Matilde intentó levantarse, pero ya no le hicieron caso, «ya muérase, doña Matilde» le dijo uno, y el más borracho: «Ya pues vieja, deja de molestar y quédate quieta» y todos largaron la carcajada.

Cuando fue llegando la gente en la mañana en gran cantidad, incluso de los pueblos vecinos. Los malvados decían que a doña Matilde la había alcanzado la popularidad post mortem. Los familiares ya hartos de la muerta díscola decidieron enterrarla ahí mismo, en la mañana, la acomodaron en el ataúd, que había sido confeccionado por el carpintero del pueblo, que al parecer partió desde el aserrado de las tablas por el tiempo que demoró. Antes de cerrar la caja le rociaron agua bendita y le rezaron un rosario, que más parecía que era para que no despierte, que para ayudarle a llegar al cielo. Cerraron el ataúd recién barnizado y lo subieron en la olla de una camioneta de un vecino, hasta dos cuadras antes del cementerio; y desde allí, la llevaron en hombros. Los cargadores juraban que sentían que doña Matilde se movía y todos quisieron comprobarlo, por eso fue el único féretro que fue cargado por todo el pueblo en apenas dos cuadras de recorrido.

Cuando al fin rellenaron la sepultura con la misma tierra que escarbaron, los familiares respiraron tranquilos, aunque el resto de gente hubiera preferido que no la entierren tan pronto para no perderse tremendo prodigio.

Doña Matilde tenía un hijo en España que no pudo asistir al sepelio por motivos que solo él conoce, pero le prometió a su hermana que para el aniversario de la muerte vendría para hacerle una misa y construir su tumba, como se debe.

Al año, efectivamente llegó el hijo desde el viejo mundo y celebró el aniversario con misa y comida, regada con abundante cerveza. También compró un nuevo lugar dentro del cementerio para levantarle una tumba a su madre. Cuando llegó el momento del traslado, escarbaron la tumba original, sacaron el ataúd, que estaba muy conservado, por la calidad de la madera, dijo el carpintero, como para convencer a los futuros clientes. Al hijo se le ocurrió la idea de ver a su madre, o lo que quedaba de ella, que era la única manera de aceptar que estaba muerta, dijo. Cuando desclavaron la tapa y la quitaron, observaron como el cadáver estaba momificado, con los párpados abiertos y las manos en posición de empujar la tapa del ataúd. Al parecer, doña Matilde se había despertado una vez más cuando ya estaba enterrada.

—¿La enterraron viva? —dijo el hijo mirando a todos, cómo reclamando la salvajada, ya que al parecer nadie le había contado de las manías de la difunta.

—Nooo. Solo con gases —dijo la hermana, ocasionando que los presentes apretaran los dientes para no reírse— el médico lo dijo —agregó.

—La ciencia no se equivoca —dijo el borrachín del pueblo, que quería que todo acabe pronto para volver a la casa que fue de la difunta, donde esperaba un cabrito al copuso y el trago para la sed que lo agobiaba.

 

 

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