EL FANTASMA FIRABRÁS
Wil era bombero. Encargado de una estación de bombeo de agua para riego.
Tenía diecisiete años y para ejercer su función vivía en una casita de quincha
y techo de tejas que constaba de dos piezas, una para dormitorio y la otra para
usos múltiples, incluidos comedor y cocina. Vivir solo, le daba un aire de
independencia y adultez que sus contemporáneos envidiaban y no le faltaban
amigos en las noches para charlar antes de acostarse. Algunos se quedaban a pasar
la noche, por lo que tuvo que conseguir un catre de campaña para las visitas.
Su trabajo consistía en llevar la cuenta, en horas, del uso de la bomba por cliente,
así como prender y apagar el motor, vigilar el correcto funcionamiento y
mantenimiento. No solía cocinar sus alimentos, aunque tenía una hornilla a
leña, sino que lo hacía en la casa paterna, distante medio kilómetro.
Una noche, después de cenar, antes de ir a su casita de bombero, pasó por
la casa de la tía Josefa, a conversar con sus primos. Era un buen conversador y
muy bienvenido por su buen humor para contar historias. Esa noche, el tema de conversación fueron los
fantasmas, los fantasmas en pena, o simplemente penas. Terminada la charla
continuó su camino entre chanzas y risas
—Cuidado con el alma del finadito Pancho, dicen que en la curva del
algarrobo se aparece como a esta hora.
—No hay problema —decía Wil—, los muertos son mis amigos.
Todos se quedaban riendo y haciendo ruidos de hipotéticos fantasmas. El
joven, cincuenta metros más allá, tenía que enfrentarse a una oscuridad tupida,
noche oscura sin luna y sin estrellas. Había sido mala idea ponerse a conversar
sobre fantasmas y seguir por un camino entre algarrobos que hacían más oscura
la noche. Sintió ganas de orinar. Decidió esperar, pero no pudo porque había
tomado mucho café. Ni modo. Se aproximó al cerco de la chacra de Peña. Tenía la
costumbre, como de perro, de orinar en los troncos de los árboles, de paredes o
de cercos. Se volvió para tomar el camino y al mirar para atrás lo vio. Ahí
estaba. Era un fantasmita pequeño. ¿Será algún animal? Le tira tierra con el
pie. No se mueve. Es mejor seguir. Pero hay que mirar para atrás, ¿me sigue? Si,
viene detrás. Es mejor que apure el paso, de repente se queda atrás. No, no se
queda. ¿Correr? Si. Falta poco para pasar frente a la casa de Arica donde la
luz de sus lámparas llega hasta el camino. La casa estaba a oscuras. Ya se
habían acostado. ¿Tan tarde es? ¿Serán las doce? La hora de los fantasmas.
Mejor seguir corriendo, ya falta poco para la casa. Ahí está. Qué bien, la luz
sigue encendida. ¡Y el bulto sigue? Sigue allí, también corre, un poquito más
alejado. Uf, al fin entra corriendo y el fantasma entro corriendo. Sintió
indignación. Lo iba a atacar a puntapiés. Se contuvo, él no era culpable, era
solo amigo. Su fiel amigo Firabrás, su
perro que lo había venido siguiendo para protegerlo. La cólera se tradujo en
risa y lo abrazó.
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