LA PROMESA
Solamente habían transcurrido ocho días del mes de noviembre y el calor ya era intenso. Es verdad que no hay la misma humedad del verano, pero no deja de ser agobiante. «Si al menos lloviera», pensó el cura, lo que era pedirle demasiado al clima piurano. «Y encima tener que interrogar a otro caballerito perdido en los laberintos del amor o la pasión”. En fin, a mal que no tiene remedio … Llegó resoplando, bajo su sombrero de paño de ala ancha. Entró por una puerta de madera, de dos hojas, cuyo color marrón oscuro resaltaba sobre la pared blanca de la construcción. La habitación que hacía de recepción se comunicaba por la derecha con el claustro de la vicaría y por la izquierda con una especie de sala de espera. Entre la puerta de ingreso y la puerta que daba al claustro, había un viejo escritorio que usaba para escribir algo sobre un papel amarillento, la señora secretaria. Vestida a la inglesa con un vestido de dos piezas sin adornos y en dos tonos marrones, el más claro en la falda hasta los tobillos, según la común usanza de la época. El cabello recogido hacia atrás y sujetado con una peineta de cuerno. En la salita de espera, había una banca, como las que hay en la iglesia, destinada a las personas que acudían por algún trámite a la vicaría y necesitan un descanso después de la caminata, bajo el sol siempre brillante de Piura. A esa hora del día, solo había una persona esperando. Un joven de unos veinte años, vestido a la usanza de la aristocracia pueblerina, con calzones oscuros a la rodilla, medias también oscuras, chupa kaki y camisa blanca de algodón, no usaba casaca o chaqueta, de cabello negro medio recortado que le cubría las orejas. Calzado con botines negros empolvados. De mediana estatura, tes blanca y ojos azules como el añil. Sentado en un extremo de la banca, con el cuerpo inclinado hacia adelante como agachado y con los codos sobre los muslos, que al percibir la entrada improvisa del vicario se puso de pie como un resorte y ensayó una reverencia. El cura lo miró sin sorpresa, como si no lo hubiera visto. Con un ademán de su mano izquierda y con voz aburrida le dice:
—Espera un momento, hijo.
El muchacho que había adelantado un paso para acercarse retrocedió a sentarse. La secretaria levantó la cabeza y lo saludó
—Buenos días, padre.
—Buenos día hija, ¿qué tenemos hoy?
—El joven que está ahí —señaló a la banca de la sala de espera—, viene a dar su declaración, en una demanda de esponsales —contestó la secretaria mientras tomada un sobre amarrado con un pabilo.
—¿Es el expediente? Dámelo y así te ahorro la caminada.
—Gracias padre.
—Hazlo pasar en diez minutos.
Se perdió tras la puerta. Arrastraba levemente las sandalias que calzaba, negras como su sotana. En la mano derecha lleva el expediente y colgando del brazo izquierdo su capote. Siguió por un pasadizo que bordeaba a un jardín cuadrado como una pequeña plazuela con fuente central incluida. Ahí, unos chilalos trataban de beber, mientras cantaban como haciendo gárgaras. Al final de este pasadizo estaba su oficina, empujó la puerta con la cadera. Ya adentro, sintió alivio porque la habitación estaba más fresca, gracias a una gran ventana que daba a un huerto lleno de árboles frutales y a su techo muy alto de madera y tejas. Colgó el sombrero y el capote en el perchero. Se sentó en un gran sillón tapizado en cuero marrón acercándolo al gran escritorio de caoba con una hilera de cajones a ambos lados y una gaveta central de la que sacó una pluma de escribir. Tomó el sobre y extrajo el expediente que se componía de dos hojas. Fiel a su costumbre, dijo en voz alta: «Veamos qué tenemos hoy. Qué tenemos que enderezar para mejor servir a Dios Nuestro Señor».
El escrito que iniciaba la demanda estaba firmado, en Tambogrande, por un tal Juan Cándido de Arriola y Marigorta, como procurador de doña Clara Fernández Carreño, para denunciar a don Demetrio Gayoso del Campo, por seducción con engaños, al haberle prometido matrimonio y contraído los esponsales de estilo, que luego se rehusó a cumplir. El juez eclesiástico de Piura, ante quien estaba puesta la demanda era el vicario don Luis de Quevedo y Zeballos, o sea él.
El cura se volvió a preguntar: «¿Y qué edad tienen? Al muchacho se le ve muy joven. Veamos. Aquí está: Demetrio, veinte años y Clara, también veinte. Tan jóvenes y ya metidos en conflictos».
Se recostó en el sillón y esperó. Se quedó mirando fijamente hacia la puerta y se dijo: «Me apuesto que en no más de treinta segundos aparece el irresponsable». Empezó a contar: Uno, dos, tres. El joven se asomó azorado. Medio «pajareado» diría más tarde contándole a su hermano José.
—Buenos días, padre —dijo como saludo y cayó en la cuenta de que eso lo había dicho antes y le causó gracia, pero no sonrió. Adoptó una posición de sumiso respeto, con su sombrero de paja sostenido con las dos manos a la altura del pecho.
—Pasa muchacho —dijo el vicario como respuesta al saludo y agregó:
—Toma asiento, aquí en esta silla, frente a mí.
El muchacho visiblemente asustado porque veía venir el sermón que le habían dicho le daría el vicario. Despacio se paró de espaldas a la silla y como quien hace cuclillas se sentó lentamente.
— «Este se hace la mosquita muerta» pensó el cura.
—Así que, ahora que Adán comió la manzana ya no quiere abandonar el paraíso.
Prosiguió el cura. El joven se sonrojó y le contestó:
—No es así padre.
—Entonces ayúdame a entender: ¿Cuál es problema, hijo? ¿Te quieres casar o no? —insistió el vicario.
El joven se revolvió en la silla y se disponía a hablar, pero el cura lo interrumpió haciéndole un ademán de alto con la mano mientras le decía:
—No digas nada, todavía. Primero dime tu nombre.
—Demetrio Gayoso –—contestó el muchacho.
—¿Es verdad que tomaste la virginidad de la dama en cuestión ¿Cómo se llama? Ah si, si, Clara.
Demetrio afirmó con la cabeza al mismo tiempo que decía:
—Sí padre.
—Y ahora, ¡no te quieres casar!
—No padre, quiero decir si padre. Si me quiero casar.
—Entonces ¿Cuál es el problema, hijo? Cásate y ¡ya!
—Quien no quiere que me case es mi madre.
—Ah, doña Teresa. Doña Teresa es tu madre, ¿verdad?
—Si padre. No sabía que se conocieran. Ella sabía que venía a verlo por lo de mi declaración y no me dijo nada.
—Así es doña Teresa. ¿Y por qué se opone la señora?
—No lo sé con exactitud, sólo dice que Clara no es para mí o yo no soy para Clara, que viene a ser lo mismo y como no tengo los veinticinco años para decidir por mí mismo, no tengo nada que hacer.
—Vamos hijo. A nuestra Santa Madre Iglesia, no le interesa si tu madre te da el consentimiento o no te lo da. Claro que es lo recomendable, pero no es el sine qua non del matrimonio. Lo verdadero. Lo requerido siempre, ha sido el consentimiento mutuo, aceptado voluntaria y libremente. Voluntaria y libremente. Es decir, sin que nadie los obligue. Es necesario que los hijos obedezcan a sus padres, sí. Eso es la amalgama que mantiene la unión entre miembros, pero no por eso tienes que casarte con la persona escogida por ellos. Eso es en la realeza, por cuestiones de Estado, es un sacrificio por un bien mayor. Las leyes de la realeza son para la realeza. Nosotros, los comunes mortales tenemos que guiar nuestros pasos, haciendo lo que Dios quiere que hagamos. Eso es todo.
El cura hizo silencio. Adoptó un aire pensativo mientras se frotaba la barbilla, como mirándose hacia adentro, reflexionó hablando más para sí mismo que para Demetrio:
—Muy raro porque la joven es de buena familia, de un apellido importante en Piura ¡en fin! —ahora como despertando de un ensueño se dirige a Demetrio y le dice:
—Bien muchacho, ahora sólo te queda convencer a doña Teresa para que cambie de parecer, o desobedecerla, lo que no aconsejo, o te espera una temporada en la cárcel, porque una cosa es romper una promesa y otra cosa muy distinta es tomar la virginidad de una dama de familia. Claro que también se recurre a soluciones crematísticas, lo que tampoco aconsejo; y que por lo demás, depende más de la parte perjudicada y el valor que le da al perjuicio, o el escarmiento que le quiera dar al traidor; o venganza, que es lo habitual cuando están en juego pasiones: una pasión reemplaza a otra y suele ser tan grande, o más, la segunda que la primera. Algo más, hijo, en este caso se enfrenta el honor al prejuicio. Si tú faltas a tu palabra, libremente empeñada, faltas a tu honor de hombre de bien temeroso de Dios y al mismo tiempo sacrificas el honor de la dama; y todo esto ¿por qué? Por prejuicios, hijo, por prejuicios. ¿O tu crees que estás en una posición muy por encima que doña Clara?
—Soy del mismo raciocinio, padre, pero mi madre no me quiere escuchar, ni a mi padre quiere escuchar, por eso quería pedirle a vuesa merced si pudiera interceder convenciéndola, si es que no es pedirle demasiado claro. Dado el esfuerzo y voluntad que se requiere para hacer el viaje hasta Querecotillo.
—Veré que puedo hacer, pero ahora firma tu declaración. Lee primero.
Demetrio resignado firma la declaración que el cura ha ido escribiendo mientras había estado conversando.
—Entonces ¿Estás de acuerdo que lo que has leído como tus declaraciones?
—Si padre.
—Ahora pon tu mano izquierda sobre esta biblia y levanta la derecha. ¿Juras de que todo lo que has dicho es la verdad?
—Si padre.
—Di, lo juro.
-—Lo juro.
—Bien, hijo. Pongamos nuestra fe en la esperanza de que doña Teresa cambie de opinión. Ahora ve con Dios.
Demetrio le hizo una venia con el sombrero tomado con las dos manos como al ingreso, se puso de pie ahora sí rápido, giró y rápido también, caminó hasta la salida a la calle, pasando junto a la secretaria, a quien le hizo una reverencia parecida a la que le hizo al vicario.
El cura dudaba de ir a hablar con doña Teresa, sabía que era una mujer de convicciones fuertes, que una vez tomada una decisión difícilmente la cambiaba, pero era notorio que esta parejita necesitaba ayuda; y en última instancia ese era su trabajo, el de las almas, y en los conflictos estas se pueden perder. Aunque le desanimaba la distancia hasta Querecotillo donde vivía doña Teresa, era más de un día a mula, por eso tendría que pasar primero por La Punta, dormir allí, en la casa del cura Vargas y salir temprano a Querecotillo, aprovechando la mañana.
Así lo hizo. Cumplió con el ofrecimiento hecho a Demetrio. Viajó con su criado, para que se encargue de las mulas. Fue recibido con mucha consideración y respeto, pero no hubo resultado positivo a su gestión. Encontró a doña Teresa en el alar de su casa tejiendo un poncho de hilo. Al ver al cura llegar en su mula negra, no pudo evitar un sentimiento de malestar, pues se imaginaba a qué iba, pero se guardó de hacérselo notar al cura y, al contrario, lo disimuló bastante bien.
—Buenos días, señor vicario, que milagro lo trae por aquí- le dijo al cura desde el alar, que estaba en desnivel como media vara respecto al piso de la calle. Se liberó, con la destreza que da la práctica, de la faja del telar.
—Buenos días doña Teresa, dichosos están mis ojos de verla. Le pido disculpas por interrumpirla, veo que está tejiendo.
—Un poncho para el viejo de mi marido.
—Podemos hablar un momento doña Teresa – dijo el cura apurando el trance. “A camino malo, tranco largo” pensó.
—Por supuesto vuesa merced, vamos desmonte y amarre al macho a la sombra del algarrobo. Ah, pero ahí tiene a su criado. Hey muchacho, llévalos para atrás, en el corral hay pasto y agua; dales un descanso a los pobres animales.
—Mula, doña Teresa, mula– dijo el cura, lo que parecía sin sentido. Por lo que doña Teresa dijo:
—¿Diga Usted? – ya media «mosqueada».
—Le digo que no es macho, sino mula mi cabalgadura, doña Teresa ¿Qué se ha imaginado Usted?
—Nada señor cura, solo que no había escuchado bien.
El cura apeado de la mula sacudía su sotana dando golpecitos con el sombrero, al mismo tiempo que Bartolo se dirigía al corral a desajustar las cinchas de los animales, para que descansen como dijo doña Teresa.
La dueña de la casa le abrió la puerta del corredor y lo invitó a pasar.
—Pase su merced ¿Le apetece un vaso de agua?
—Gracias doña Teresa, el sol está muy fuerte. Ya me imagino como será cuando entremos de lleno al verano.
El cura se preguntaba si esta señora realmente no se imaginaba por qué estaba allí o estaba de broma con él y mirándola mientras doña Teresa regresaba con un jarro con agua, se dijo: «Esta señora está jugando conmigo».
—Muchas gracias doña Teresa —dijo al mismo tiempo que recibía el jarro. Bebió a grandes tragos mientras miraba hacia la calle y la señora lo miraba como le subía y le bajaba su manzana de Adán al ir dando cuenta del líquido. Acabó de beber y lanzó al patio un residuo dejado en el jarro. Se volvió a doña Teresa y le devolvió el recipiente con una venia de agradecimiento:
—Muchísimas gracias doña Teresa. Muy deliciosa el agua de piedra destilar ¡si señora! Y ahora a lo que vine. Usted sabe que su hijo Demetrio ha sido demandado por incumplimiento de promesa matrimonial ¿Verdad? —«Al toro bravo hay que irle de frente— se dijo.
Doña Teresa asimiló la estocada y no se inmutó:
—Si, estoy enterada —le dijo.
—¿Y sabe, doña Teresa, de que, si no cumple, puede ir preso como lo ha pedido don Juan Cándido de Arriola y Marigorta, el procurador de doña Clara Fernández Carreño?
—Si. Lo sé —contestó doña Teresa, sin dar más detalles, al mismo tiempo que miraba al telar artesanal con el que había estado tejiendo, dándole a entender al vicario, que la estaba interrumpiendo en su tarea. El cura lo entendió y se volvió hacia ella. Le dijo:
—Bien, doña Teresa, no le quito más de su valioso tiempo; de usted depende que todo se solucione, pues su hijo está supeditado a lo que decida. Y dígame, ¿La oposición no tiene que ver con la reciente compra de cierta hacienda por parte del capitán don Francisco Gayoso?
—No, señor vicario. Y en cuanto al problema en el que se ha metido mi hijo, lo debe solucionar él mismo porque nadie lo obligó a hacerlo. Tengo entendido de que le ha prometido una dote de doscientos pesos de a ocho reales por la virginidad perdida. No sé más.
—Entonces me voy. Pero antes como vicario de esta provincia, creo que me asiste el derecho de informarle que nuestra Santa Iglesia, no está de acuerdo con la desobediencia a los padres. Sin embargo, tampoco está de acuerdo con el abuso de esos padres de imponerles a sus hijos, un casamiento que ellos no desean. Ahora sí, buenas tardes doña Teresa.
—Antes que se retire, padre. Gracias por la doctrina, pero, para que no se vaya con una idea equivocada, no es mi intención y nunca ha sido casar a mis hijos con mujer que ellos no quieran. Lo que he hecho con mi hijo Demetrio, es una sugerencia, que como su madre tengo derecho a hacerla, porque deseo lo mejor para mis hijos. No le he ordenado que sea irresponsable de sus actos y promesas, solo le he dicho que, si hay otra manera de resolver esto, lo haga. Y sí, he estado de acuerdo en que le ofrezca doscientos pesos, pero no se le está obligando, es solo una proposición que la aceptará o la rechazará. Ahora sí, vuesa merced, que Dios lo acompañe y lo haga llegar con bien a su destino.
—Está en lo justo doña Teresa, pero ofrecer es una ofensa para que, según usted, sea aceptada o rechazada. Si es aceptada no hay matrimonio. Si es rechazada si hay matrimonio ¿No cree, que la “propuesta”, se levantará cual una muralla, en la felicidad de ambos?
—Una proposición es eso. Se acepta o se rechaza.
—Amén, doña Teresa. Adiós.
—Le repito mi deseo de que Dios se encargue de llevarlo con bien.
«Doña Teresa es un hueso duro de roer» se fue pensando el cura. Tenía razón. Sus decisiones, una vez tomadas, difícilmente las cambia, ni toma consejo para hacerlo. Ya lo demostró cuando consiguió que su esposo el capitán Francisco Gayoso repartiera su hacienda entre solo tres de sus hijos, prácticamente desheredando a los demás, tal como lo declaró, más tarde en su testamento, el mismo capitán «para descargo de su conciencia» y tuvo que encargar a sus albaceas que reparen el error.
En el camino de regreso a La Punta, el vicario analizaba por qué doña Teresa se oponía al matrimonio de su hijo con doña Clara Fernández Carreño, nieta del primer Fernández Carreño que llegó a la ciudad de San Miguel de Piura que se casó una dama de la élite y de las más antiguas familias de esta ciudad. Es verdad que no tiene fortuna y era muy poco probable que su padre pueda otorgarle una dote significativa al esposo que escogiera. Y ¡claro! —el cura parece que encontró la causa del problema— Al haber adquirido este mismo año el capitán don Francisco, el padre de Demetrio, una importante hacienda, pone a la familia en una posición de hacendados y la posibilidad de que los hijos se enlacen con otras familias propietarias de haciendas mediante matrimonios ventajosos. Al fin y al cabo, la sociedad piurana de hacendados era muy pequeña y casi todos entraban en un solo árbol genealógico, árbol al cual paradójicamente ya pertenecía doña Clara.
El vicario no se equivocaba cuando dijo que, Demetrio podía terminar en la cárcel pública si no accedía a reconocer sus esponsales. Cómo se iba a equivocar, si el encargado de decidirlo fue él mismo. El vicario dice que no lo ha enviado a la cárcel, sino que lo ha puesto en depósito, mientras dura la recolección de pruebas y la presentación de alegatos hasta la sentencia final. Lo hace también porque ha descubierto que ese tipo de depósito ayuda a resolver este tipo de juicios de manera más rápida, porque el depositado a fin de que se acabe, decide aceptar su responsabilidad. De no hacerlo así, los procesos suelen dilatarse demasiado, como no hace más de un año, en el pueblo de Colán, un juicio que debió terminar en ocho días en la primera instancia o máximo ochenta en la segunda, duro más de ciento ochenta días, porque el demandado se fugó a Guayaquil y se demoró en volver hasta que fue amenazado con la excomunión. Aunque también no estaba exento de otras complicaciones el método del vicario, como sucedió en la misma ciudad de Piura, donde el demandado salió de la cárcel a casarse y luego pidió la nulidad del matrimonio por haberlo hecho coaccionado por la amenaza de volver a ser encerrado.
Además, el procurador de doña Clara no dejaba de insistir en el encarcelamiento, debido a que el joven comprometido no daba señales de cumplir su promesa y por el contrario le envió una carta a la novia tratando de convencerla de aplazar el matrimonio, porque según él, realizarlo a la fuerza no era lo más conveniente. Esta carta, desde luego, le llegó al vicario juez eclesiástico, presentada como prueba por el procurador de doña Clara.
Lo que necesitaba Demetrio era una razón para exigirle a su madre que consienta el matrimonio con Clara, esa razón era la cárcel que le puso el vicario. El muchacho nunca negó los esponsales, tampoco negó que le ofrecieron doscientos pesos por su virginidad a Clara ni que él había enviado una carta pidiéndole postergar el casamiento.
La noticia del encarcelamiento del hijo le llegó a doña Teresa por boca de su otro hijo José, ella hubiera preferido que sea su esposo el que se lo diga y planear lo que se debía hacer, al fin de cuentas era capitán y recaudador de las rentas del Rey, que Dios guarde; pero viniendo la noticia de su hijo, solo atinó a decir «Que venga tu padre para que se entere». Su padre ya lo sabía y le fastidiaba tener que decírselo a su esposa porque podría parecer que la culpaba por obligar a Demetrio a romper su promesa. Se enteró por el Justicia Mayor de Piura al cual conocía y gracias a esta relación, fue el propio Justicia Mayor que antes de capturar al joven, ubicó al capitán don Francisco, para que lo entregue y así fue. Conducido a la cárcel, con recomendación de buen trato, por ser hijo del capitán Francisco Gayoso y protegido del Justicia Mayor. La cárcel, o el depósito, no representaba un gran sufrimiento para Demetrio, porque no fue enviado a las celdas, sino que lo ubicaron en el área de administración, pero el alcaide, que al parecer trabajaba en entendimiento con el vicario, le dijo:
—No te acostumbres mucho por aquí, porque a tí te corresponde una celda en el pabellón donde está encerrado Pedro Malo.
Demetrio sabía quién era Pedro Malo, un negro cimarrón que había emprendido la senda del crimen cansado de los abusos de su amo. Cierto o mentira, los celadores iniciaron un ablandamiento sicológico de Demetrio.
—Pedro Malo pregunta cuándo te pasan a las celdas.
—Pedro Malo te manda saludos.
—Pedro Malo te está esperando con los brazos abiertos.
Para Demetrio esta situación no podía continuar. No había razón, cuando su deseo era casarse con Clara, a la que amaba genuinamente; y porque los esponsales no habían sido una estratagema para tomar su honor. Felizmente para él, su hermano José le trajo la solución, por dictado de su madre, se supone.
Para sacarlo de la cárcel se acordó que acepte cumplir con su compromiso de matrimonio, en el plazo que disponga la parte de doña Clara, quien dispuso que en el menor posible, solo el necesario para los preparativos que no deberían ser muchos dadas las presentes circunstancias. Doña Teresa no tuvo más que aceptar, para evitar el deshonor de la cárcel y otras imprevisibles consecuencias. Le encargaron a José que presente un escrito garantizando la aceptación de Demetrio.
Se requerían tres garantes de que Demetrio cumpliría con su promesa y no se fugue. Lo deseable era que fueran familiares directos, pero el padre no podía por la función que tenía, doña Teresa solo podía hacerlo con autorización de su esposo, los hermanos eran menores a excepción de José; es por eso, que éste buscó a unos primos de Ayabaca llamados Marcial y Francisco Gayoso, para que lo secunden como garantes de la promesa bajo la cual abandonaría la cárcel su hermano, para casarse con doña Clara. Los primos fueron presentados como hermanos. El vicario sabía que no eran hermanos, pero no le ve la relevancia. Lo importante es que se verifique el matrimonio. Firmaron el documento correspondiente, el vicario ordenó la libertad de Demetrio y todo se iba resolviendo.
La noticia le llegó a Clara a su casa, en Tambogrande. El notario de la vicaría le informó y leyó el decreto final que cerraba el caso. Para la joven, el resultado fue no más de lo que correspondía a su justo reclamo. Estaba satisfecha, pero no feliz, algo se había roto en la continuidad de su amor por Demetrio. Pensaba con tristeza: “cómo puede descender de su pedestal un hombre, por un momento de placer furtivo, engañar a quien dice que ama, romper un juramento, mentirle a Dios. Si en esta sociedad que me toca vivir la pérdida del honor en una mujer es lapidario, cómo por eso tendré que soportar, cuando no el engaño, el intento; y si él dice que me ama, que no es parte de la confabulación que intenta separarnos, cómo puede tener poca entereza, sí dice que su amor es grande y pelearía hasta el final, porque casarme debo, porque si no quedaré en la deshonra; y es verdad que se me puede juzgar de ligereza pero no olvidemos que los esponsales son una promesa, una promesa ante Dios y ante los hombres porque firmado tenemos un contrato. Sólo falta el sacramento para que nuestra unión sea perfecta. Oh, Dios, ayúdame a perdonar. Hay Demetrio y cómo pudiste escribir una carta como aquella, cómo puedes pretender que mi honor tiene precio, si me entregué a ti fue por el amor que te tengo no para tener una fuente de ganancia, es que acaso nada has comprendido. Me dices, Demetrio, que la oposición no viene de tu lado, que es la madre que intenta casarte de otra manera, pero si tú tampoco tienes más que yo, ni yo tengo más que tú. Diferencia social dicen, pero si ambos somos reputados de blancos, de españoles, lo dice en nuestros documentos. Diferencia económica, pero por muy poco, nada que no podamos conseguirlo juntos.”
El diez de diciembre, en la iglesia San Francisco Javier de Querecotillo, contraen matrimonio don Demetrio Gayoso con doña Clara Fernández Carrión, con sus padrinos don José Talledo y doña Petrona de Aguirre; y sus testigos don Joaquín Bravo, Miguel Garcés y Francisco Gayoso, el primo que ayudó a sacarlo de la cárcel y al año siguiente nace su único hijo José Manuel. Clara murió en mayo de mil ochocientos cuatro, cuando tenía sesenta y dos años; y don Demetrio en julio de mil ochocientos treinta, a los noventa años. Solo tuvieron un hijo, no se sabe por qué sabiéndose que las familias de la época solían tener numerosa prole, como su hermano José que tuvo seis hijos y una nieta, se casó con un capitán español; y un hijo de ambos llegaría ser general y héroe en Junín y Ayacucho en la guerra independentista.
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