Por un palito de fósforo

 Le gustaba ver la lluvia caer y salpicar sobre la tierra dura de delante de su casa, sentarse en el cobertizo y escuchar las gotas estrellarse en el tejado, mientras se fumaba un  cigarrillo. Ese día la lluvia empezó temprano y ya nada podía hacer él en la huerta que tenía en la parte posterior de la casa, así que se acomodó en el sillón para disfrutar el espectáculo y claro, fumarse un cigarrillo, pero pronto reparó que no podría cumplir con todos sus deseos, porque al hurgar en sus bolsillos no encontró los fósforos. No se alarmó al inicio, porque pensó que en la cocina encontraría alguna cajita en el estante, pero no había nada; seguramente en la repisa del santito junto a la vela misionera que su esposa solía prender allí, pero tampoco había. ¿Y si se escondía en algún rincón de la repisa alta donde antes se colocaba la lámpara de kerosene?, tampoco. Empezó a sentir la ansiedad propia de los fumadores, que pronto se volvió en desesperación. La lluvia era intensa y pronto frente a su casa se había formado un riachuelo que corría siguiendo el trazo del camino hasta casi la puerta del corredor a donde no entraba por el muro puesto allí para evitarlo. Miró al agua que corría y al camino inundado, y comprendió que no tenía alternativa. Y solo por un palito de fósforo. Recordó que a veces los utilizaba para limpiarse los oídos y empezó a buscar en las grietas del piso, en los dormitorios, debajo de la cama, pero la última limpieza la había hacho su esposa en la última visita del domingo, antes de volver a la ciudad donde ahora  vivía con una de sus hijas, desde que se cansó del campo donde mucho se trabajaba y poco se obtenía, y ahora venía solo una vez a la semana para llevar los productos que comerciaría luego en la ciudad, como quesos y frutas.

Con su cigarrillo entre los dedos, apagado y burlón, se enfocó en la tiendecita del pueblo distante a no más de trecientos metros, pero que bajo la inundación se le antojaba más distante. Se puso unos viejos borceguís y sobre su cuerpo desde la cabeza una película de plástico, que usaban sobre la mesa para evitar que se manche el mantel, un poco rígida ya por el tiempo. Cuando traspuso el muro de contención del corredor el agua le llegaba un poco más arriba de los tobillos, pero no sería lo mismo en el camino, al menos sus zapatos no se quedarían pegados al barro, no le gustaba caminar descalzo, menos sobre un piso que podría ocultar espinas, u objetos puntiagudos. Sus deseos de fumar iban en aumento, pero no se llevó los cigarrillos consigo, compraría en la tienda, pero se llevó una bolsita de plástico para meter allí a los fósforos. La travesía tuvo sus dificultades, pero las sorteó bien, gracias a que conocía el camino de memoria y esquivó las depresiones, los baches, pero no pudo evitar mojarse hasta la cintura. Suspiró aliviado cuando vio que la tiendecita estaba abierta y decidió quedarse allí un rato, mientras se fumaba un par de cigarrillos y charlaba un rato con el tendero hasta que la lluvia amainara. No pasó por su cabeza la respuesta: «no hay cigarrillos», ¿y fósforos? se habían mojado, por una gotera que no había sido advertida a tiempo. Bueno, pensó, que de todos modos no era tan grave, a contrapelo de su habitual pesimismo. Conseguir fósforos, siempre iba a ser más fácil que conseguir cigarrillos, era cuestión de ir a una casa y pedir que le regalen o le vendan unos palitos. Optó por lo más seguro: la casa de su hermano, ya que este siempre tenía de todo lo necesario para la vida del pueblo, hasta lo más inesperado. Únicamente necesitaba cruzar una acequia que calculó le daría hasta la cintura, y no se equivocó, su hermano tenía los ansiados fósforos. Le regaló una cajita, pero no tenía cigarrillos porque él no fumaba. Y el deseo de fumar adquirió más fuerza. Debería volver de  inmediato a su casa, le pareció que los cigarrillos los había dejado en la mesa del cobertizo y a veces por allí se formaba una gotera ¿y si se estuvieran mojando?, el deseo de fumar lo acicateó con furia. Corriendo y tropezando llegó a su casa, empapado hasta las orejas pero feliz de ver a sus cigarrillos sobre la mesa y ¡secos!



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